Cuestiones vitales
Hola Madeleine, ayer leí tu publicación sobre tu padre y aquí te envío este regalo que he hecho para ti: es la traducción de un hermoso cuento infantil sobre grandes cuestiones universales y vitales: cómo afrontar la muerte de un ser querido? Cómo afrontar la soledad que trae la pérdida? Cómo hacer el duelo y decidirse a encontrar la felicidad? Cómo vivir con los recuerdos?
Un cuento para meditar y discutir.
Te envío la primera parte, la siguiente te la daré en otra publicación. Espero tus comentarios.
Pochée
Autora: Florence Seyvos
Ed. Ecole de Loisirs, París, 1994
Traducción del francés : Martha Artunduaga Murillo
Érase una vez una tortuga llamada Pochée. Pochée se había ido de casa desde muy temprana edad porque quería vivir como una grande.
En el camino, Pochée encontró otra tortuga, llamada Pouce. Pouce también se había ido desde muy temprano de la casa de sus padres para vivir como un grande.
Los dos se hicieron amigos inmediatamente y decidieron construir una cabaña. Fue muy fácil porque tenían las mismas ideas y estaban de acuerdo en todo.
Esta cabaña tenía una cocina muy grande, la que llenaron de comida. En el medio, había una piscina en forma de hoja de roble y justo delante de la piscina, una chimenea. Por la noche, los dos dormían encima de unos cojines contra la chimenea. Pero a veces, decidían dormir de día y vivir de noche. O no dormir.
Un día, mientras paseaban por la orilla del río, una piedra cayó encima de Pouce y lo golpeó. Esto hizo reír mucho a Pochée. Pero, Pouce no estaba solamente golpeado, estaba muerto.
Durante muchos días, Pochée esperó al lado de Pouce, esperaba que se despertara, pero no se despertó.
Empezó a llover. Llovió durante varios días y noches y el río creció y las aguas se llevaron a Pouce sin que Pochée pudiera hacer algo. El caparazón de Pouce se alejó lentamente por el río. Pochée volvió a la cabaña.
La piscina se había desbordado. Pochée se subió a la chimenea para dormir. Durmió mucho rato, pero cuando se despertó todo estaba igual. No había absolutamente ningún ruido. Pochée estaba tan triste que deseaba estar muerta. Empezó a buscar por todas partes en la cabaña para ver si Pouce le había dejado algún mensaje escondido en alguna parte. Después se dijo que si no encontraba nada y seguramente no encontraría nada, ella iría a estar aún más triste. Entonces tomó una hoja y escribió:
Mi querida Pochée,
Te escribo este mensaje en el caso de que un día una piedra me caiga en la cabeza y te quedes sola. Quería decirte que no estás verdaderamente sola y que te recuerdo mucho.
Te he dejado pequeños regalos por todas partes, para toda la vida. Hoy, hay una fresa deliciosa que acaba de madurar en el fondo del jardín: Es para ti.
Pienso que eres verdaderamente muy buena.
Firmado: Pouce
Pochée dobló la hoja en cuatro y la escondió en un rincón. Después la encontró. La leyó y se precipitó al fondo del jardín. Recogió la fresa y se la comió. Estaba deliciosa. Después Pochée decidió que el día se había acabado y se fue a acostar.
Al día siguiente hacía muy buen tiempo, pero Pochée estaba aún más triste. Entonces escribió un segundo mensaje de Pouce.
Mi querida Pochée,
Espero que te haya gustado la fresa. Sabes que tus escamas son de un color muy bonito? Por favor, ocúpate de mi colección de champiñones. Pouce
Rápidamente, Pochée dobló el mensaje, lo escondió, lo encontró, lo desdobló y lo leyó. El cumplido sobre el color de sus escamas le gustó mucho. Pero enseguida, no pudo abstenerse de decir: Tú exageras Pouce. Es tu colección de champiñones. Yo no puedo pasar mi vida ocupándome de tu colección de champiñones.
Después se dio cuenta que había olvidado de hacerse un regalo.
Entonces decidió que el día había terminado y se fue a acostar. Soñó con champiñones.
Al día siguiente, se despertó de mal humor. Mordió su almohada y fue a cerrar todas las ventanas porque el sol le picaba en los ojos. Entonce se dijo que necesitaba otro mensaje de Pouce y empezó a escribir:
Mi querida Pochée,
Hoy tengo un regalo grande para ti. Una rama de ruibarbo como te gusta. Está al fondo del jardín.
Pochée se dio cuenta que no se le ocurría nada más. Se quedó un buen momento quieta, con el lápiz al aire. Después rayó el comienzo del mensaje y escribió justo abajo:
Mi querido Pouce:
Yo sé que tú no eres quien escribe estos mensajes. Y tampoco eres tú quien me envía los regalos. Entonces esto no vale la pena, ya no me gusta porque yo sé todo de antemano.
Además, no hay más ruibarbo al fondo del jardín.
Firmado: Pochée
Pochée descargó su lápiz. No sabía qué hacer. Dio vueltas en la cabaña, abrió las ventanas y salió arrastrando las patas. Cuando llegaba al fondo del jardín, vio inesperadamente una gran planta de ruibarbo. Nunca antes la había visto, hubiera creído que había crecido durante la noche. Las ramas y las hojas estaban cubiertas de gotas de rocío y el sol hacía un pequeño arcoíris en cada una de ellas. Pochée estaba maravillada. Sentía un nudo en el corazón, pero se sentía al mismo tiempo muy contenta. Se precipitó a la cabaña, tomó su lápiz y escribió:
Mi querida Pochée:
Así no sea yo quien escribe los mensajes, eso no quiere decir que no pienso en ti.
Firmado: Pouce
P.D. En cuanto a la colección de champiñones, haz lo que quieras, no pasa nada.
Pochée no dobló el mensaje y no fue a esconderlo. Lo releyó, muy lentamente y sonrió. Después decidió que el día había terminado y se acostó. Soñó con Pouce.
Al día siguiente Pochée se sintió sorprendida al escuchar golpes a la puerta. Unas voces decían:
- Pochée! Pochée, ábrenos!
Se levantó y fue a abrir. Eran sus padres. No los había visto desde hacía mucho tiempo. Le pareció que habían engordado un poco.
- Cómo has crecido! Exclamaron ellos entrando con dificultad a la cabaña. Qué contentos estamos de verte! Cuéntanos, Pochée, estás bien?
Escuchando esas palabras, Pochée casi se pone a llorar. Tenía ganas de tirarse a sus brazos diciendo: No, no estoy nada bien. Pero al último momento, se dijo: mamá no es Pouce y papá tampoco. Ellos no podrán nunca consolarme. No vale la pena contarles todo. Entonces levantó los ojos y respondió:
- Estoy muy bien. Estoy en forma.
- Pero no tienes buena cara, dijo su papá.
- Y parece que no hubieras arreglado la cabaña desde hace mucho tiempo, dijo su mamá mirando alrededor.
- Es porque trabajo mucho -dijo Pochée. Y tengo poco tiempo. Pero voy a mostrarles la cabaña.
Los padres admiraron la cabaña de Pochée pero temían molestarla. Entonces Pochée les dio un poco de cáscara de zanahoria para el camino.
- Hasta luego, hijita, trabaja bien, dijo su papá.
- Sí papá, respondió Pochée.
- Y no olvides de peinarte, dijo su mamá.
- No tengo cabello, mamá, respondió Pochée.
Y se dieron un largo adiós. Después Pochée cerró la puerta de su cabaña y se sintió verdaderamente sola en el mundo.
Se quedó un largo momento de pie cerca de la puerta y decidió que el día había terminado y se acostó. Durmió como una piedra y no soñó nada.
Al día siguiente cuando se despertó, le dieron ganas de arreglar su cabaña, pues la inundación había dejado todo en desorden. Pero pasó un buen momento antes de decidirse. Su parte derecha le decía: arreglar la cabaña no vale la pena y la parte izquierda le decía: hazlo!. Y una pequeña parte de ella le decía una tercera cosa y era eso lo que Pochée tenía ganas de escuchar. Lo escuchó y fue a hacer la colección de todo lo que era de Pouce.
Se levantó y se puso a caminar en medio de todo el desorden mirando para todos lados. Había tomado su escoba para hacer un poco de orden al mismo tiempo.
Miró la gorra de Pouce que estaba todavía un poco húmeda y se la puso. Tres pasos más lejos descubrió un pepinillo que Pouce había mordido antes de partir. Lo tomó delicadamente y lo miró como si Pouce estuviera escondido dentro, después vio el parasol de Pouce, una hoja de castaño, y soltó la escoba inmediatamente para tomarlo.
La gorra en la cabeza, el parasol en una mano y la mitad del pepinillo en la otra, Pochée no podía moverse. Qué hago ahora? Se dijo.
Estuvo tentada a decidir que el día ya se había acabado y que iba a acostarse. Pero era imposible. No con un parasol y la mitad de un pepinillo, era incómodo. Y como lograr cerrar el ojo con una gorra mojada en la cabeza? Pero Pochée se acordó que una colección era para ser organizada. Suspiró y empezó a buscar un buen sitio para acomodar todo.
No encontró donde. Afuera, se dijo, es la mejor solución. Salió y dejó el parasol y la gorra justo a la entrada del jardín. Después pensó en la mitad del pepinillo. Va a podrirse y desaparecer, pensó Pochée y súbitamente se lo comió. Así de simple.
Después entró, arregló la cabaña y no paró hasta el día siguiente, hasta haber terminado todo. Estaba tan cansada que se durmió rápidamente.
Un extraño ruido la sacó de su sueño: había otra vez alguien que golpeaba a su puerta.
- Quien quiera que usted sea, por piedad, ábrame! Decía una vocecita
Intrigada, Pochée fue a abrir. Delante de su puerta había un caracol un poco seco.
- Estoy muy ocupada y no quiero ver a nadie, le dijo Pochée. Vete y no vuelvas por lo menos hasta el próximo año.
- Necesito un poco de sombra y un poco de agua, dijo el caracol. El sol ha calentado tanto estos últimos días! Si no me dejas entrar, me voy a morir.
- Y qué? dijo Pochée
- Qué cruel eres. Dijo el caracol.
- Y crees que hablándome así podrás entrar? Le respondió Pochée, abriéndole la puerta tan solo un poco.
- Tienes una piscina! Exclamó el caracol, loco de alegría.
- Pero te puedo sacar cuando se me dé la gana, dijo Pochée. Cómo te llamas?
- Truc, dijo el caracol.
- Es ridículo tu nombre, dijo Pochée.
Pero Truc no le prestó atención. Humedeció deliciosamente sus cuernos en el borde de la piscina. Después, se dejó deslizar sobre un cojín.
- No! Gritó Pochée tomando el cojín.
Era el cojín de Pouce. Pochée se precipitó para ponerlo afuera con la colección, pero bruscamente se dijo: no debí nunca sacar sus cosas. Y entró toda la colección: el parasol, el cojín, la gorra. Truc la miró sorprendido.
- Qué hacemos ahora? Preguntó.
- Dormimos! Dijo Pochée. El día se acabó.
- Pero acaba de comenzar! Protestó Truc.
- Eso o secarse bajo el sol, tu eliges, dijo Pochée.
- Bueno, bueno, está bien, dijo Truc. Cómo te llamas?
- Pochée, pero prefiero que no me llames.
- Me gusta tu nombre, dijo Truc.
- Duerme!, dijo Pochée.
Truc se durmió inmediatamente. Pochée, no pudo quedarse dormida. Tomó un lápiz, papel y empezó a escribir.
Mi querido Pouce,
Truc me molesta. Qué tengo que hacer?
Firmado: Pochée
Y justo abajo:
Mi querida Pochée, yo no sé.
Firmado: Pouce
Pochée suspiró. Miró a Truc que sonreía en su sueño. Un pequeño ronquido agudo se escapaba de su nariz. Pochée se sintió tan furiosa que le dieron ganas de darle un puntapié.
Lo primero que vio Pochée cuando se despertó fue que el sol brillaba tan fuerte como antes. Lo que vio después fue que Truc no estaba acostado en su sitio. Y saltó de su cama.
- Truc, qué haces?
- Tengo hambre, respondió una vocecita al lado de los armarios de la comida.
- No toques nada, dijo Pochée. Ven y te acuestas inmediatamente.
- No tengo sueño. Tenía ganas que te levantaras. Me aburro. No tienes algo para comer?
- Ni se te ocurra que vas a comer ruibarbo, o fresas o pepinillos dijo Pochée. Hay una lechuga afuera, cerca de la barrera.
Truc salió. Un poco más tarde, Pochée escuchó una voz que decía: no está fresca esta lechuga!
Se sentó al borde de la piscina y pensó que era la tortuga más desafortunada del mundo. Y entonces le preguntó a Truc:
- Cuándo te vas?
- Cuando caiga la primera gota de lluvia, le respondió Truc.
Pochée levantó los ojos y dijo:
- No es posible. Tú me molestas, yo tengo cosas que hacer.
- No hay problema, dijo Truc. Haz lo que tienes que hacer. Yo no te molesto. Anda.
- No, dijo Pochée.
- Por qué? Preguntó Truc
- Porque son cosas secretas.
- Entonces yo no miro, lo prometo. Dijo Truc.
Y se puso en un rincón dándole la espalda a Pochée.
-Anda. Haz lo que tengas que hacer.
Pochée le sacó la lengua. Transcurrió un largo momento. Después Truc preguntó:
- Puedo darme la vuelta?
- No, dijo Pochée.
Otro largo momento pasó. Pochée escuchó un extraño ruido.
- Qué haces? Preguntó ella.
- Yo también tengo cosas secretas para hacer, respondió Truc.
- Eres tonto, dijo Pochée. Eres tonto, eres un tarro de pegante y babeas.
- Es mi naturaleza de caracol, respondió Truc. Pero hay cosas para las que soy bueno.
- Qué, por ejemplo? Dijo Pochée.
- Desherbar.
- No quiero que toques mi jardín. Dijo Pochée.
- No te lo he propuesto. Dijo Truc. Y agregó: pero sería bueno que pudiera hacerlo.
- Muy bien. Dijo Pochée.
Truc pensó y después preguntó:
- No tendrías mejor papel y colores? Soy un excelente pintor.
Pochée dudó. Finalmente fue a buscar lo que Truc le había pedido.
- Qué rojo tan bonito! Qué magnifico amarillo! Se exclamó abriendo uno de los tarros de témpera.
- Pinta y cállate, le dijo Pochée.
Ella se instaló detrás de su cama para observar a Truc. El nadó en las pequeñas gotas de color para mezclarlas, después se paseó lentamente sobre la hoja en todas las direcciones. Pintó durante largas horas sin decir una palabra. Pochée tosió varias veces. Truc no la escuchó.
- He terminado! Gritó. Es hermoso, verdad? Me quedado verdaderamente bien.
Saltó a la piscina y el agua quedó roja y amarilla. Después salió y dijo bostezando:
- Estoy cansado. Creo que voy a dormir. Buenas noches.
Un momento después, ya había guardado sus cuernos y roncaba. Pochée se dio cuenta que el día se había acabado. Pero esa noche no quería dormir. Y no quería que Truc durmiera tampoco. Mejo pintaría un tablero inmenso, muy bonito, mientras Truc dormía, para hacerle una sorpresa.
Era de noche, estaba muy oscuro. Pochée pensó en Pouce. Dejó caer algunas lágrimas en su almohada, después cayeron otras al borde de la cama de Truc. Pero no lo despertó. Después se puso delante de su espejo para ver correr sus lágrimas. Eso la consoló un poco y después se durmió.
Al día siguiente, Truc la despertó:
- Llueve!, llueve!, mira! Voy a poder salir! Me voy a poder bañar en los charcos y hacer tobogán en las hojas! Y voy a volver a ver a mis padres, mis hermanos y mis amigos. Te regalo mi cuadro, te lo dejo de recuerdos. Gracias por haberme salvado la vida, Pochée. Y hasta la próxima, puede ser.
Cuando Pochée llegó a la puerta, Truc ya iba lejos.
Pochée se dijo que los caracoles pueden ir rápido, a veces. Miró alrededor para ver si no había olvidado algo, pero solo estaba el dibujo. Lo tomó y lo rompió en mil pedazos.
No se reconocía nada en ese dibujo, se dijo. No había ni siquiera un árbol, ni el sol, ni una tortuga. Pochée dio vueltas y vueltas en su cabaña. Terminó por tomar un papel y escribió:
Mi querido Pouce:
Me aburro.
Firmado: Pochée
Y justo abajo:
Mi querida Pochée,
Vete de viaje
Firmado: Pouce
Pochée soltó su lápiz.
Yo me iré de viaje si quiero. No voy a pasar mi vida siguiendo los consejos de los demás: trabaja bien, péinate, vete de viaje. Yo haré lo que yo quiera.
Y entonces...
(Espero te haya gustado. Te enviaré la continuación tan pronto termine de traducirla. Un abrazo, Martha)



